¡Al poeta, despídanlo!
Ése no tiene aquí nada que hacer.
No entra en el juego.
No se entusiasma.
No pone en claro su mensaje.
No repara siquiera en los milagros.
Se pasa el día entero cavilando.
Encuentra siempre algo que objetar.
¡A ese tipo despídanlo!
Echen a un lado al aguafiestas,
a ese malhumorado
del verano,
con gafas negras
bajo el sol que nace.
¡A ese tipo despídanlo!
Ése no tiene aquí nada que hacer.
dime
¿tú no temes a la muerte
cuando te lavas los dientes
cuando sonríes
es posible que no llores
cuando respiras
no te duele el corazón
cuando amanece?
¿En dónde está tu cuerpo
cuando comes
hacia dónde vuela todo
cuando duermes
dejando en una silla
tan sólo una camisa
un pantalón encendido
y un callejón de ceniza
de la cocina a la nada?
La tormenta
arrancó anoche todas las hojas del árbol
menos una de ellas,
dejada
para que se columpiara sola en la rama desnuda.
En este ejemplo
la Violencia demuestra
que sí,
en ocasiones le gusta bromear.
Para ellos la tarde ha reservado una luz eterna
en la fronda cambiante de los parques.
Para ellos vuelan en círculo las aves del día,
y una música nace precediendo la noche
de las calladas colinas.
Ellos han visto el arcoíris en el fondo del valle,
donde el año ha dado a los árboles un denso tinte rojo,
donde las nubes organizan la fulgurante coronación de
un rey.
Ellos conocen el movimiento de las flores,
el rumbo de los insectos,
la desaparición lenta de la luz entre las yerbas.
En sus ojos se va ocultando el día
con el canto de las cigarras.
Ellos viven dentro del secreto del mundo,
como dentro de la música de un arpa.
En su alegría la tarde mueve sus últimos ramajes,
y ellos comienzan a sentir que la noche nace de su corazón.
-¿Sabes que el sol se va a morir?
-No sabía… ¡por favor, es imposible!, tú eres el rey y mírame, soy enorme, por qué alguien como nosotros se preocuparía por una cosita como el sol…
Yes, yes, yes
Sobre un sendero yace un escarabajo muerto.
Ha doblado con cuidado sus tres pares de patitas sobre el vientre.
En lugar del caos de la muerte –orden y esmero.
El horror de esta imagen es moderado,
el alcance estrictamente local, entre la grama y la menta.
La tristeza no contamina.
El cielo es azul.
Para nuestra tranquilidad su muerte es más superficial,
los animales no fallecen, simplemente, se mueren
perdiendo –queremos creerlo—menos sentimiento y menos mundo,
al abandonar –pensamos—un escenario menos trágico.
Sus ánimas sumisas no nos asustan de noche,
respetan la distancia, saben qué es el rigor.
Y aquí está sobre el sendero el escarabajo muerto,
en un estado no lamentable brilla el sol.
Da lo mismo pensar en él o mirarle:
no parece que le haya pasado nada importante.
Lo importante, dicen, sólo está unido a nosotros.
Sólo a nuestra vida, sólo a nuestra muerte,
la muerte que se regocija de su forzada primacía.
(Traducción de Elzbieta Bortkiewicz)